domingo, 17 de abril de 2011
Y llegó la Semana Santa
Su ejecución es relativamente sencilla: carne de cerdo y de res, a partes iguales, molida y convenientemente condimentada, cocinada a la sartén con papas blancas y servida con una ensalada de lechuga, cebolla, zanahoria cocida y betarraga ídem. Una de las mayores maravillas que para mí existen es un gran bocado de algo de carne y lechuga. No sé si sea un mero transportarse a la infancia o es que simplemente es la cosa más deliciosa del mundo.
En Semana Santa, mi madre prepara este platillo una sola vez, así que no queda otra que buscarlo en restaurantes, huariques y kioskos callejeros que por estos tiempos semanasantescos proliferan en esta sufrida pero disfrutable ciudad.
Y... bueno, ahí lo dejo, salgo volando a buscar un choricito...
jueves, 14 de abril de 2011
Otra de mondongo
miércoles, 17 de febrero de 2010
¡Y que viva el carnaval!
sábado, 30 de enero de 2010
¿A dónde van los carnavales huamanguinos?
Recuerdo cuando era chico, es decir, hace ya muchas lunas, salíamos a la puerta de casa los días de carnaval y era una delicia ver pasar las comparsas, con la gente ya cansada de tanto bailar, pero con la alegría a flor de labios. Tinyas, acordeones, guitarras, charangos mandolinas, quenas, quijadas de burro, pitos, cencerros; los varones atrás, emponchados y con los instrumentos, las chicas adelante, rompiendo los zapatos a punta de baile, más adelante el capitán, de capa y sombrero, cantando todos cosas zanahoriotas como "desde Miraflores, me mandaron flores, en una canastita, llena de amores", o más provocativas, como "huamanguina religiosa, no me lleves a la misa, mejor vamos a Huatatas, a bañarnos jalasiquis", o más politiconas, como "esta democracia, es una desgracia, hasta los cachacos, quieren gobernarnos", o el más directo "Morales Bermúdez, ándate a la mierda...", o el recontra clásico "puñuychallay, puñuychallay, miski miski puñuychallay, runallapa wawallanman, miski miski puñuychallay..."
No había mayor organización, total, eran los carnavales, lo que significa todo, menos orden ni concierto. Los visitantes eran prácticamente secuestrados por las comparsas, para bailar con ellos, las hordas de chiquillos y chiquillas que habían estado jugando con agua, betún, talco y demás armas carnestolendas, se ponían a danzar tras las comparsas (llamadas también pandillas). No faltaban las pandillas de uno o dos, algún borrachito que paseaba solo, tocando la quena, u otro lo mismo, pero acompañado por su mujer, igualmente ebria, tocando la tinya.
Los carnavales siguen siendo pajas, pero un poco meno. Es que algunas cosas, creo, han cambiado como efecto perverso de los malhadados concursos. Ahora hay coreografías, hay más letras políticamente correctas, hay demasiado orden en el desplazamiento de las comparsas, hay una clara diferenciación entre bailarín y espectador. En suma, hay más control, y eso, la verdad, me deja un dejo amargo en la boca, aunque no por eso deja uno de participar.
¿Cuál es la razón de ser de los concursos? ¿Salvar a nuestras fiestas de la extinción? Pero si los carnavales gozan de mayor salud cada vez, y no precisamente por efecto de los concursos. ¿Incrementar el turismo? Bueno, al parecer, la lógica va por ahí. Y la verdad es que yo no quiero turismo ni nada parecido, si a cambio de eso nos convierten en figuritas de postal y no en lo que somos: gente común y corriente para quienes es siempre saludable tener unos días de soltarse y mandar todo a la mierda, con alegría.
Así que ahí va mi mensaje a las autoridades, que tienen la sartén por el mango en estos casos y que, por añadidura, jamás han leído ni leerán este blog: ya pues, no sean lacras, liberen nuestro carnaval, no es cosa suya sino todo lo contrario. Y mi propuesta para quienes estén en sintonía conmigo: sigamos saliendo en comparsas, pero no nos sometamos a los concursos, salgamos como se salía antes, a la deriva y a la buena del destino, que con acogedor manto puede cobijarnos en cualquier tiendita provista de generoso alcohol, como buena pascana antes de seguir dando vueltas, borrachos de felicidad.
domingo, 17 de enero de 2010
La chapla nuestra de cada día
lunes, 5 de octubre de 2009
Algo sobre el mondongo ayacuchano
miércoles, 22 de julio de 2009
Algo de memoria chaplarrockera
“No le di mucha importancia al hecho de ver objetos extraños surcando los aires del Cine Municipal. Es que, cuando estás en el escenario, hay cosas que pasan a segundo plano, y más aún esa vez, que era la primera que andaba trepado en uno, delante del ecran, aporreando la batería con unas baquetas que andaban ya astilladas por la performance de los bateristas de los grupos que nos antecedieron frente a las casi 800 personas que llenaban el cine, diciembre del 86. “Los tales objetos voladores resultaron ser trozos de las butacas de las tres primeras filas, hecho que ocasionó que termináramos completamente endeudados con la Municipalidad. Pero creo que pagamos con gusto. Primera vez que veíamos un pogo de tales dimensiones en Ayacucho. Primera vez que podías gritar cuanta cosa se te ocurriera por los altoparlantes (es que, para la policía, los rockeritos no pasaban de ser loquitos inofensivos que no iban a más, y tal vez tenían razón). Primera vez que se armaba una tocada subte en Ayacucho. “Fue algo así como una primavera, grupos que, en su mayoría, tenían la impronta de la poca destreza en el manejo de los instrumentos, sería por eso, tal vez, que la onda era hardcore elemental; bajo, batería, guitarra extremadamente distorsionada, tres acordes y a gritar lo que te diera la gana (algunos le metían teclados, cosa rara). Grupos con nombres tan sugerentes como Apocalipsis (la gente de mayor experiencia), Oxígeno (los apóstatas de la mancha, tocaban temas ajenos y melosos a la vez), Resurrección, NN Pies de Barro, Nicho Perpetuo, Crisis Nerviosa y Anatema (los chibolitos de la movida, tercero de media en el Salesiano). Grupos que, no sé, alguna explicación deben tener en ese contexto, Ayacucho en los ochentas, Sendero, Ejército, Policía y Rodrigo Franco sobre nosotros, muertos con letreros en los pechos, gente de la que nunca se volvió a saber más nada. “La primera tocada terminó con nuestro esmirriado presupuesto, pero no con las ganas, así que nos fuimos de gira, vale decir, nos fuimos en mancha a Huanta, donde ya nuestros patas huantinos habían pegado en las paredes los letreros de Chapla Rock Ataka Huanta. Tocada abortada, vino una patrulla del Ejército e impidió lo que iba a ser histórico también en la tierra de la lúcuma, había harta gente esperando afuera de Multiservicios Rivera. Estado de emergencia le dicen a eso. Dormimos en el parque y el regreso a Ayacucho sin pena ni gloria. “Meses después, cuando volví de mi primer semestre en una universidad limeña, la cosa seguía, pero con grupos diferentes, producto de la recomposición de los anteriores, salvo algunos supervivientes. Así que con el bajista de NN Pies de Barro, el guitarrista de Crisis Nerviosa, un baterista sin antecedentes y un servidor oficiando de gritante, armamos Atentado, grupete que tuvo una sola y memorable presentación en Los Portales, harta gente, pogo respetable y la sensación de que sí, ahí se estaba cocinando algo interesante. Pero, primero, murió por el nombre, pues alguien le gritó al baterista "¡terruco!" en la calle, por lo de Atentado, tras lo cual vino corriendo a mi casa con la precavida propuesta de cambiarnos el nombre. Y, segundo, las clases comenzaban nuevamente... “ (En: Huber, Ludwig. Consumo, cultura e identidad en el mundo globalizado: estudios de caso en los Andes. Lima: IEP, 2002).